Moreka

Teñido natural de tejidos: del descrude de la fibra al cuidado del color

Moreka reúne apuntes de taller sobre el trabajo con colorantes vegetales: cómo se prepara la fibra, qué hacen realmente los mordientes, cómo se monta y se mantiene un cubo de índigo, y por qué dos baños aparentemente iguales acaban dando tonos distintos.

Los textos están escritos desde la práctica y desde las condiciones reales de trabajo en España: agua calcárea en buena parte del país, veranos largos que ayudan al secado y una disponibilidad muy desigual de planta tintórea según la zona.

Temas tratados

  • Descrude y preparación del hilo y el tejido
  • Mordientes de alumbre, tanino y hierro
  • Rubia, cortezas y cáscara de cebolla
  • Cubo de índigo y medio reductor
  • Temperatura y tiempo de permanencia
  • Teñidos por capas y matices
  • Ecoprint con hojas
  • Fijado, lavado y solidez a la luz
Madejas de hilo teñidas con colorantes vegetales junto a cuencos con materia tintórea seca
Materia tintórea seca y madejas ya teñidas: el color final depende tanto del baño como de la fibra y del mordiente que lo preceden. Imagen editorial de referencia.
Sección 01

La fibra antes del color: descrude, agua y pruebas previas

Casi todos los fallos de un teñido vegetal se deciden antes de que entre en juego el colorante. Las fibras nuevas llegan con aprestos, restos de aceite de hilatura o grasa natural; el algodón y el lino industriales suelen llevar además ceras y ensimajes que impiden que el agua penetre de forma uniforme. Si ese residuo sigue ahí, el mordiente se fija a manchas y el color repite exactamente ese mapa.

El descrude consiste en lavar la fibra a fondo antes de mordentar. En algodón y lino se trabaja con agua caliente, cerca del hervor, con carbonato de sodio y un jabón neutro, durante una o dos horas, removiendo poco pero con regularidad. El agua sale turbia y amarillenta: esa es la señal de que había algo que quitar. En lana y seda el criterio cambia por completo, porque ni el álcali fuerte ni el cambio brusco de temperatura les convienen; basta agua tibia, jabón suave y mucha paciencia, sin frotar ni retorcer.

El agua también es un ingrediente

En buena parte de la península el agua de red es dura, con un contenido notable de calcio y magnesio. Eso no es un defecto en sí mismo, pero sí un factor: la rubia da rojos más plenos con agua calcárea, mientras que algunos amarillos y ciertos verdes se apagan. Conviene saber con qué agua se trabaja y mantenerla constante, porque cambiar de fuente a mitad de una serie introduce una variable difícil de rastrear después.

  • Pesar la fibra seca antes de nada: todas las proporciones posteriores se calculan sobre ese peso.
  • Descrudar por lotes del mismo material; mezclar algodón y lana en la misma olla complica el control.
  • Anotar dureza aproximada del agua y temperatura real del baño, no la programada.
  • Reservar un retal pequeño de cada tejido como muestra de prueba.
  • Trabajar siempre con la fibra mojada al pasar de un baño a otro.

Una prueba de un palmo de tela cuesta unos céntimos y media hora. Una pieza de cuatro metros mal mordentada cuesta la pieza entera.

Sección 02

Mordientes: qué hacen y en qué proporciones se usan

Un mordiente es un compuesto metálico que crea un puente estable entre la molécula del colorante y la fibra. Sin él, la mayoría de los tintes vegetales se depositan en la superficie y se van con los primeros lavados. Con él, el color no solo dura más: cambia de tono, porque el metal forma parte del complejo cromático resultante.

Alumbre

El sulfato de aluminio y potasio es el mordiente de referencia para lana y seda. Se disuelve en agua caliente y se trabaja con el baño subiendo despacio hasta unos 80–90 °C, manteniéndolo alrededor de una hora y dejando enfriar la fibra dentro. Da tonos limpios y respeta bastante el color propio del tinte. Las proporciones habituales rondan el 15–20 % del peso de la fibra en proteica; pasarse no mejora la fijación y deja la lana áspera y pegajosa al tacto.

Tanino y alumbre en celulósicas

El algodón y el lino apenas retienen el alumbre por sí solos, así que se les da primero una base de tanino —agallas, zumaque, extractos de castaño— y después el mordiente de aluminio. El tanino aporta además su propio matiz: los claros tienden a irse hacia el beige y el crema, algo que conviene asumir como parte del resultado en lugar de pelear contra ello.

Hierro

El sulfato ferroso se usa en cantidades mínimas, del orden del 1–2 % del peso de la fibra, y casi nunca como mordiente inicial, sino como modificador posterior. Oscurece y agrisa: un amarillo de cebolla vira a oliva, un rosa de rubia se convierte en granate apagado. En exceso apelmaza y debilita la fibra, sobre todo la seda, y ese daño no se percibe hasta meses después.

  1. Calcular siempre sobre peso seco de fibra, nunca sobre volumen de agua.
  2. Disolver el mordiente aparte y añadirlo al baño ya diluido.
  3. Subir la temperatura de forma gradual, unos diez grados cada cinco minutos.
  4. Dejar enfriar la fibra dentro del baño en lugar de sacarla en caliente.
  5. Aclarar y teñir en el mismo día, o secar y guardar la fibra ya mordentada.
  6. Reservar recipientes distintos para el hierro y no mezclarlos con el resto.
Sección 03

Rubia, cortezas y cáscara de cebolla: el color que llega por calor

La mayoría de los colorantes vegetales trabajan por extracción en caliente: se remoja la materia tintórea, se calienta para sacar el pigmento al agua, se cuela y se tiñe la fibra en ese baño. Dentro de ese esquema común, cada material tiene su carácter.

Rubia

La raíz de Rubia tinctorum da la gama que va del rosa salmón al rojo terroso, y es probablemente el colorante que más castiga los errores de temperatura. Por encima de unos 70 °C los rojos se vuelven ladrillo apagado y ya no hay vuelta atrás. El procedimiento habitual es remojar la raíz molida la noche anterior, calentar con mucha calma, mantener el baño por debajo de ese umbral durante una hora larga y dejar que la fibra repose dentro mientras baja la temperatura.

Cortezas

Las cortezas —aliso, sauce, encina, y también restos de poda de frutales— aportan taninos junto con el color, de modo que actúan en parte como su propio mordiente. Dan castaños, ocres y tostados que responden muy bien al hierro. Necesitan remojos largos, de un día entero o más, y admiten sin problema el hervor mantenido.

Cáscara de cebolla

Es el material más accesible de todos y uno de los más generosos: la piel seca de cebolla amarilla da amarillos dorados y naranjas intensos con cantidades pequeñas, y la piel de cebolla roja tiende a verdes y bronces. Al ser un residuo doméstico se puede acumular durante semanas en una bolsa de tela, siempre que se guarde bien seca. Su punto débil es la solidez a la luz, claramente inferior a la de la rubia, algo que conviene tener presente al decidir el destino de la pieza.

Una regla práctica de partida: entre el 50 % y el 100 % del peso de la fibra en materia seca para tonos medios, más si se busca saturación. Estos porcentajes no son una fórmula cerrada, sino un punto desde el que empezar a anotar resultados propios.

Sección 04

Temperatura y tiempo de permanencia

El binomio temperatura-tiempo es la herramienta de ajuste más directa que tiene quien tiñe, y también la más ignorada. Un mismo baño de rubia puede dar cuatro resultados distintos según cómo se maneje el fuego, sin cambiar ni un gramo de materia tintórea.

La temperatura determina qué moléculas se extraen y cuáles se degradan. Muchos amarillos y rojos vegetales son termosensibles: el calor excesivo no los concentra, los destruye. Otros, como los taninos de corteza, necesitan un hervor sostenido para soltar todo lo que tienen. Por eso no existe una temperatura universal de teñido, sino una por familia de colorante.

El tiempo de permanencia, por su parte, gobierna la penetración. Un baño corto tiñe la superficie de la fibra y deja el interior más claro; al lavarse o al desgastarse, la pieza pierde intensidad de forma irregular. El enfriamiento lento dentro del baño —dejar la olla tapada toda la noche— suele hacer más por la profundidad del color que media hora extra de fuego.

  • Rojos de rubia: subir despacio y no superar los 70 °C.
  • Amarillos delicados: mantener entre 60 y 80 °C, sin hervor.
  • Cortezas y taninos: admiten hervor suave y remojos previos largos.
  • Lana: evitar cambios bruscos de temperatura para no afieltrarla.
  • Seda: nunca hervor; el brillo se pierde antes que el color.
  • Índigo: baño templado, entre 45 y 55 °C, y nunca caliente.

Un termómetro de cocina es más útil que cualquier receta. Sin medir la temperatura real, todos los resultados son irrepetibles.

Tejido atado sumergido en un baño de índigo, con la superficie del líquido cubierta por una película azulada
Tejido en inmersión dentro del baño de índigo. La superficie del cubo, con su película metálica, indica el estado del medio reductor. Imagen editorial de referencia.
Sección 05

El cubo de índigo, el glasto y el medio reductor

El índigo no se comporta como el resto de los colorantes. No es soluble en agua y no necesita mordiente: hay que reducirlo químicamente para convertirlo en una forma soluble, el llamado blanco de índigo, que la fibra sí puede absorber. Cuando la pieza sale del baño y entra en contacto con el aire, el pigmento se oxida de nuevo y queda atrapado dentro de la fibra. De ahí el gesto característico del taller: la tela emerge verdosa y azulea en segundos.

El glasto, Isatis tinctoria, contiene el mismo principio colorante en menor concentración y se ha cultivado históricamente en Europa, también en la península. Se trabaja con la misma lógica de reducción, con baños más suaves y varias inmersiones para alcanzar tonos medios.

Mantener el cubo vivo

Un cubo de fermentación —con salvado, fruta, dátil o cualquier fuente de azúcares, más cal como álcali— es un medio biológico que se alimenta, se descansa y se corrige. Su estado se lee en tres señales: la flor metálica azul en la superficie, un líquido de color amarillo verdoso por debajo y un pH alcalino estable. Si el líquido se ve azul en vez de amarillento, la reducción ha fallado y no tiene sentido meter tela.

  • Remover en círculo lento y retirar la espuma antes de teñir.
  • Introducir la tela mojada y sin burbujas de aire atrapadas.
  • Inmersiones cortas, de uno a tres minutos, y sin agitación.
  • Airear fuera del cubo el mismo tiempo que ha durado la inmersión.
  • Repetir capas en lugar de alargar una sola inmersión.
  • Dejar reposar el cubo entre sesiones y comprobar el pH antes de reanudar.

El error más común es la prisa. Cada inmersión aporta una capa fina de azul; ocho capas cortas dan un tono profundo y sólido, mientras que una inmersión larga deja pigmento mal adherido que se irá en el primer aclarado y manchará todo lo que toque.

Sección 06

Teñidos por capas y construcción de matices

En tintorería vegetal no existe una paleta cerrada de colores disponibles: existe una paleta de materiales y una secuencia de operaciones. Los verdes, los morados o los negros profundos rara vez salen de un solo baño; se construyen superponiendo teñidos sucesivos sobre la misma fibra.

El caso clásico es el verde: un amarillo vegetal —gualda, cáscara de cebolla, hojas de abedul— seguido de una o dos inmersiones en índigo. El orden importa. Teñir primero en amarillo y pasar después por el cubo suele dar verdes más estables, porque el baño de índigo no arrastra el amarillo ya fijado; al revés, el álcali del cubo puede alterar el tono previo.

Los modificadores posteriores son la otra vía. Un baño breve de hierro oscurece toda la gama; una solución ligeramente alcalina desplaza ciertos rojos hacia el morado; un aclarado ácido devuelve luminosidad a algunos amarillos. Son pasos rápidos, de pocos minutos, y en ellos se decide buena parte del carácter final de la pieza.

  • Anotar cada capa por separado: material, porcentaje, temperatura, minutos.
  • Secar entre capas cuando se quiera evaluar el tono real; en mojado todo parece más oscuro.
  • Hacer los modificadores sobre retales antes que sobre la pieza completa.
  • No superponer más de tres o cuatro baños: la fibra se satura y empieza a soltar color.
  • Guardar muestras etiquetadas; una colección de retales vale más que cualquier tabla teórica.
Sección 07

Ecoprint: hojas, presión y vapor

El ecoprint traslada directamente a la tela la forma y el color de la hoja mediante contacto, presión y calor húmedo. No es un teñido de baño, sino una impresión por transferencia: lo que se ve es el dibujo que la propia planta deja al ceder sus taninos y pigmentos sobre la fibra mordentada.

El montaje es sencillo en su descripción y exigente en su ejecución. Sobre la tela húmeda y previamente mordentada se colocan las hojas, se pliega o se enrolla el conjunto sobre una varilla, se ata con fuerza y se somete a vapor durante una o dos horas. La presión del atado es determinante: donde la hoja no toca la tela, no hay huella.

Qué imprime bien en el entorno mediterráneo

Las hojas ricas en taninos son las que dan resultados más nítidos. El eucalipto, muy extendido en el noroeste peninsular, deja naranjas y rojizos sorprendentes según la especie; la hoja de vid, la de nogal y la de ciruelo dan contornos oscuros y limpios; el roble y la encina aportan grises y pardos. Las hojas muy carnosas o muy acuosas, en cambio, suelen dejar solo una mancha difusa.

  1. Mordentar la tela con antelación y no usarla nunca cruda.
  2. Recolectar hojas frescas y descartar las dañadas o polvorientas.
  3. Colocar las hojas con el envés en contacto con la tela.
  4. Interponer una barrera si se pliega, para evitar que la impresión se duplique.
  5. Atar en firme, apretando de manera uniforme a lo largo del rollo.
  6. Vaporizar entre 60 y 120 minutos y dejar enfriar el paquete cerrado.
  7. Abrir al día siguiente: el reposo consolida el contraste del dibujo.
Sección 08

Fijado, lavado y primeras semanas de la pieza

Una pieza recién teñida todavía no está terminada. Sobre la fibra queda siempre colorante mal adherido, y si no se retira de forma controlada acabará saliendo en el primer lavado doméstico, normalmente sobre otra prenda.

El procedimiento razonable es un periodo de reposo seguido de aclarados sucesivos. Conviene dejar la pieza secar a la sombra y esperar unos días antes del primer lavado; ese tiempo permite que el complejo entre colorante, mordiente y fibra se asiente. Después se aclara con agua templada hasta que el agua salga limpia, y solo entonces se lava con un jabón de pH neutro.

Con el índigo el orden es el mismo, pero conviene ser más insistente: el pigmento superficial es abundante y el aclarado inicial debe repetirse varias veces, incluso con un lavado en agua ligeramente jabonosa para arrastrar lo que no ha quedado fijado en el interior de la fibra.

  • Secar siempre a la sombra y con ventilación, nunca al sol directo.
  • Esperar entre dos y siete días antes del primer lavado completo.
  • Aclarar en agua templada, no caliente, y sin frotar.
  • Usar jabón neutro; evitar detergentes con blanqueantes ópticos o percarbonato.
  • Lavar las piezas nuevas por separado las primeras veces.
  • No retorcer la lana ni la seda: presionar entre toallas para escurrir.
Sección 09

Solidez a la luz y cuidado a largo plazo

La solidez a la luz es la propiedad que más diferencia unos colorantes vegetales de otros, y la que más condiciona qué se puede hacer con una tela teñida. No todos los colores envejecen igual, y saberlo de antemano evita decepciones que tardan meses en manifestarse.

La rubia y el índigo, bien aplicados, resisten notablemente y envejecen de forma elegante, perdiendo saturación sin cambiar de carácter. Los taninos de corteza y agalla son también estables. En el extremo opuesto, muchos amarillos y rosas obtenidos de flores o de cáscaras se degradan con rapidez bajo luz directa: en un verano de interior soleado pueden perder gran parte de su intensidad.

Con la radiación solar que recibe buena parte de España, la exposición es un factor real y no teórico. Una cortina teñida con cáscara de cebolla en una ventana orientada al sur tiene una vida cromática corta; la misma tela guardada en un armario y usada ocasionalmente puede mantenerse durante años. Comprobarlo es sencillo: se expone media muestra al sol tapando la otra mitad con cartón y se comparan las dos al cabo de unas semanas.

  • Destinar los colorantes menos sólidos a piezas de uso puntual o guardadas.
  • Evitar la luz directa prolongada en piezas teñidas con flores o cáscaras.
  • Guardar plegado y en oscuridad, con separadores de papel neutro si la pieza es delicada.
  • Lavar lo justo: cada lavado retira algo de color.
  • Airear en lugar de lavar cuando solo se busque frescura.
  • Hacer una prueba de exposición propia por cada colorante nuevo que se incorpore.
Contenidos

Qué se publica en Moreka

El material se organiza siguiendo el orden real de trabajo en el taller, desde la fibra cruda hasta el cuidado de la pieza acabada. Cada bloque se puede leer de forma independiente, aunque las decisiones de uno condicionan los resultados del siguiente.

  1. Preparación de la fibra

    Descrude de celulósicas y proteicas, influencia del agua y pruebas previas sobre retales.

  2. Mordientes

    Alumbre, tanino y hierro: función, proporciones sobre peso de fibra y efecto de cada uno en el tono final.

  3. Baños en caliente

    Rubia, cortezas de poda y cáscara de cebolla: extracción, porcentajes de partida y comportamiento de cada material.

  4. Control de temperatura y tiempo

    Umbrales por familia de colorante, enfriamiento lento y penetración del color en la fibra.

  5. Índigo y glasto

    Montaje del cubo, lectura del medio reductor, secuencia de inmersión y aireado, mantenimiento entre sesiones.

  6. Capas y matices

    Superposición de baños, orden de las operaciones y modificadores de hierro, ácido y álcali.

  7. Ecoprint

    Montaje del rollo, presión de atado, tiempos de vapor y especies de hoja con buen rendimiento.

  8. Acabado y conservación

    Reposo, aclarados, lavado con jabón neutro, solidez a la luz y cuidado de las piezas a largo plazo.

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