La fibra antes del color: descrude, agua y pruebas previas
Casi todos los fallos de un teñido vegetal se deciden antes de que entre en juego el colorante. Las fibras nuevas llegan con aprestos, restos de aceite de hilatura o grasa natural; el algodón y el lino industriales suelen llevar además ceras y ensimajes que impiden que el agua penetre de forma uniforme. Si ese residuo sigue ahí, el mordiente se fija a manchas y el color repite exactamente ese mapa.
El descrude consiste en lavar la fibra a fondo antes de mordentar. En algodón y lino se trabaja con agua caliente, cerca del hervor, con carbonato de sodio y un jabón neutro, durante una o dos horas, removiendo poco pero con regularidad. El agua sale turbia y amarillenta: esa es la señal de que había algo que quitar. En lana y seda el criterio cambia por completo, porque ni el álcali fuerte ni el cambio brusco de temperatura les convienen; basta agua tibia, jabón suave y mucha paciencia, sin frotar ni retorcer.
El agua también es un ingrediente
En buena parte de la península el agua de red es dura, con un contenido notable de calcio y magnesio. Eso no es un defecto en sí mismo, pero sí un factor: la rubia da rojos más plenos con agua calcárea, mientras que algunos amarillos y ciertos verdes se apagan. Conviene saber con qué agua se trabaja y mantenerla constante, porque cambiar de fuente a mitad de una serie introduce una variable difícil de rastrear después.
- Pesar la fibra seca antes de nada: todas las proporciones posteriores se calculan sobre ese peso.
- Descrudar por lotes del mismo material; mezclar algodón y lana en la misma olla complica el control.
- Anotar dureza aproximada del agua y temperatura real del baño, no la programada.
- Reservar un retal pequeño de cada tejido como muestra de prueba.
- Trabajar siempre con la fibra mojada al pasar de un baño a otro.
Una prueba de un palmo de tela cuesta unos céntimos y media hora. Una pieza de cuatro metros mal mordentada cuesta la pieza entera.